En
las clases, con las manos y con instrucciones verbales, el
profesor guía al alumno en el cambio de sus patrones de uso de
su organismo.
Como nuestros sentidos se han acostumbrado a
nuestros hábitos, es fácil que percibamos como correcto lo que
nos es perjudicial, por lo que es casi imposible que los
cambiemos sin un profesor que nos ayude a averiguar qué estamos
haciendo realmente con nosotros mismos. Por esa misma razón, no
hay ejercicios válidos para hacer solo mientras el
sistema sensorial no haya sido reeducado.
Los
cursillos para grupos son de introducción y en ellos se avanza
en la comprensión general de los principios de la Técnica, en
la evaluación de la propia percepción sensorial y en la toma de
conciencia de los hábitos, lo que es imprescindible para la
reeducación, pero el verdadero trabajo de desarrollo personal
requiere atención individual.
Se empieza trabajando con movimientos y posiciones sencillas como
sentarse y levantarse de una silla, caminar, doblar brazos o piernas, que son básicos para toda
actividad. No se utilizan aparatos especiales. A través de la experiencia y la
observación, se aprende cómo funciona la coordinación, dónde se crea
tensión y cómo se puede prevenir o relajar. Con el tiempo y la práctica, se
puede utilizar esta habilidad para tareas más complejas y todo tipo de
situaciones de la vida diaria.
La
duración de una clase suele ser de 30 a 45 minutos. Al principio es deseable
concentrar el número de clases por ejemplo, diez el primer
mes y luego se pueden ir espaciando hasta llegar a un nivel
de mantenimiento.
Se recomienda
un mínimo de 20 a 30 clases para poder adquirir un control
efectivo sobre el cuerpo, pero esto, por supuesto, depende de
cada persona y del grado de control que se quiera conseguir.

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