TÉCNICA ALEXANDER

ETOLOGÍA Y TRASTORNOS DE ESTRÉS
Nikolaas Tinbergen

Nikolaas Tinbergen, Profesor de Comportamiento Animal en la Universidad de Oxford.
Extracto del discurso de aceptación del premio Nobel de Fisiología o Medicina (compartido con K. Lorenz y K. von Frisch), dado en Estocolmo el 12 de diciembre de 1973.

[Ver vídeo de la conferencia en nobelprize.org (el ejemplo sobre Alexander comienza en 32:40)]

Muchos de nosotros nos hemos sorprendido ante la decisión poco convencional de la Fundación Nobel de conceder el premio de este año de Fisiología o medicina a tres hombres que hasta hace pocos años habían sido tratados como "meros observadores de animales". Como al menos Konrad Lorenz y yo no podemos ser realmente descritos como fisiólogos, debemos concluir que nuestra scientia amabilis está siendo ahora reconocida como parte integrante del campo, eminentemente práctico, de la medicina. Es por esta razón que he decidido hablar hoy sobre dos ejemplos concretos de cómo el viejo método de "observar y preguntarse" sobre el comportamiento (que, por cierto, revisamos más que inventamos) puede muy bien contribuir al alivio del sufrimiento humano, en particular del sufrimiento causado por el estrés. Me parece apropiado hacerlo en una ciudad ya reconocida por importantes trabajos sobre el estrés psicosocial y las enfermedades psicosomáticas.

Mi segundo ejemplo de la utilidad de un enfoque etológico en medicina, tiene una historia completamente diferente. Tiene relación con el trabajo de un hombre extraordinario, el fallecido F. M. Alexander. Su investigación empezó unos cincuenta años antes del resurgimiento de la Etología, por la cual somos ahora honrados, pero su manera de proceder era muy similar a los métodos modernos de observación y creemos que sus logros y los de sus discípulos merecen especial atención.

Alexander, que nació en 1869 en Tasmania, se convirtió a temprana edad en "un recitador de obras dramáticas y humorísticas". Muy pronto desarrolló un problema vocal serio y casi acabó por perder completamente la voz. Como ningún médico supo ayudarle, se encargó del asunto él mismo. Empezó a observarse en un espejo y se dio cuenta de que cuando peor estaba su voz era cuando adoptaba las posturas que sentía apropiadas y “correctas” para lo que estaba recitando. Dándole vueltas al asunto durante años, sin ninguna ayuda exterior, fue descubriendo cómo mejorar lo que hoy en día es conocido como el “uso” de la musculatura de su cuerpo en todas sus posturas y movimientos. Y el extraordinario resultado fue que recuperó el control de su voz. Esta historia de perseverancia, mostrada por un hombre sin formación médica, es uno de los momentos verdaderamente épicos de la investigación y práctica médicas.

Una vez Alexander se hubo dado cuenta del mal uso de su propio cuerpo, empezó a observar a los demás y descubrió que, como mínimo en las sociedades occidentales, la mayoría de la gente está de pie, se sienta y se mueve de una manera igualmente defectuosa.

Animado por un doctor de Sidney, se convirtió en una especie de misionero. Se puso a enseñar (primero a actores, después a gente diversa) cómo restituir el buen uso de la musculatura. Gradualmente descubrió que de esta manera podía aliviar una asombrosa variedad de enfermedades somáticas y mentales. También escribió extensamente sobre el tema. Y finalmente enseñó a algunos de sus alumnos para que se convirtieran en profesores y consiguieran los mismos resultados con sus pacientes. Aunque a él le había llevado años encontrar la técnica y aplicarla a su propio cuerpo, un curso con éxito pasó a ser una cuestión de meses, con algunas sesiones posteriores de recordatorio. Es comúnmente aceptado que la formación de un buen profesor Alexander toma unos pocos años.

Durante muchos años, un pequeño pero entregado número de alumnos ha continuado su trabajo. El conjunto de sus éxitos ha sido recientemente descrito por Barlow. Debo admitir que sus explicaciones fisiológicas acerca de cómo se supone que el tratamiento funciona (y también un dejo de adoración al héroe en su libro) me hicieron dudar un poco al principio e incluso ser un poco escéptico. Pero las afirmaciones hechas, primero por Alexander, y reiteradas y ampliadas después por Barlow, sonaban tan extraordinarias que sentí que debía dar al método, al menos, el beneficio de la duda. Y así, defendiendo el sensato principio empírico que a menudo la práctica médica sigue de que “la prueba del pudin es comérselo”, mi esposa, una de nuestras hijas y yo decidimos someternos a tratamiento, y también aprovechar la oportunidad para observar sus efectos tan críticamente como pudiéramos. Por razones obvias, cada uno de nosotros fue a un profesor de Alexander distinto.

Descubrimos que la terapia está basada en una observación excepcionalmente sofisticada, no sólo por medio de la vista sino también, en una sorprendente proporción, por el uso del sentido del tacto. En esencia, consiste sólo en una muy suave, primero correctora y después exploratoria, manipulación del sistema muscular entero. Empieza con la cabeza y el cuello, entonces muy pronto los hombros y el torso se ven involucrados, y finalmente la pelvis, las piernas y los pies, hasta que todo el cuerpo se ve sometido a escrutinio y tratamiento. Igual que nosotros cuando observamos niños, el terapeuta está continuamente controlando el cuerpo y adaptando su proceder todo el tiempo. Lo que se hace en concreto varía de un paciente a otro según el tipo de mal uso que la exploración diagnóstica revele. Y naturalmente, afecta a diferentes personas de diferentes maneras. Pero entre nosotros tres ya hemos podido comprobar, con asombro creciente, mejoras muy impresionantes en cosas tan diversas como la presión sanguínea, la respiración, la profundidad del sueño, el buen humor general y la atención mental, la resistencia ante las presiones externas y también en una habilidad tan refinada como tocar un instrumento de cuerda.

Por lo tanto, por propia experiencia podemos ya confirmar algunas de las afirmaciones aparentemente descabelladas hechas por Alexander y sus seguidores, es decir, que muchos tipos de actuaciones por debajo de las propias posibilidades e incluso enfermedades tanto mentales como físicas pueden ser aliviadas, a veces en gran medida, enseñando a la musculatura del cuerpo a funcionar de manera diferente. Y aunque aún no hemosacabado nuestro curso ni mucho menos, las pruebas dadas y documentadas por Alexander y Barlow de los efectos benéficos sobremuchas funciones ya no nos resulta tan sorprendente. Su larga lista incluye primero todo lo que Barlow llama el “cajón de sastre” del reumatismo, que incluye varias formas de artritis, luego los trastornos respiratorios, incluso el asma potencialmente letal; luego siguen en su estela los defectos de circulación, que pueden dar lugar a presión alta y también a algunos estados coronarios peligrosos; desórdenes gastrointestinales de muchos tipos; varios problemas ginecológicos: fracasos sexuales; migrañas y estados depresivos que a menudo llevan al suicidio... En resumen, un muy amplio abanico de enfermedades, tanto somáticas como mentales que no son causadas por parásitos identificables.

Aunque nadie reivindicaría que el tratamiento Alexander es un curalotodo, no puede haber duda de que a menudo tiene profundos y benéficos efectos y, lo repito una vez más, tanto en la esfera mental como en la somática.

La importancia del tratamiento ha sido recalcada por muchas personas relevantes como, por ejemplo, John Dewey, Aldous Huxley y, lo que quizás resulta más convincente para nosotros, por científicos de renombre como Coghill, Dart y el gran neurofisiólogo Sherrington. Sin embargo, con pocas excepciones, la profesión médica ha ignorado en gran medida a Alexander, quizás bajo la impresión de que era el centro de una especie de culto, y también porque los efectos eran difíciles de explicar. Y esto me lleva al punto siguiente.

Cuando uno sabe que una terapia desarrollada empíricamente tiene efectos demostrables, a uno le gusta saber cómo funciona, cuál podría ser su explicación fisiológica. Y aquí, algunos descubrimientos recientes en la frontera entre la neurofisiología y la etología pueden hacer que algunos aspectos de la terapia Alexander sean más comprensibles y más plausibles de lo que pudieron serlo en la época de Sherrington.

Uno de estos nuevos descubrimientos tiene que ver con el concepto clave de reaferencia. Hay muchos indicios firmes de que, en varios niveles de integración, desde en simples unidades musculares hasta en comportamientos complejos, la correcta realización de muchos movimientos es continuamente comprobada por el cerebro. Este lo hace comparando un informe de resultados (feedback report) que dice “órdenes cumplidas” con la expectativa de resultados (feedback expectation) con que, al empezar cada movimiento, el cerebro ha sido alertado. Sólo cuando el feedback esperado y el feedback real coinciden deja el cerebro de mandar órdenes de acción correctora. Los descubridores de este principio, von Holst y Mittelstaedt, ya sabían que el funcionamiento de este complejo mecanismo podía variar de un momento a otro con al estado interno del sujeto –el “valor del objetivo” o Sollwert del feedback esperado cambia con las órdenes motoras dadas–. Pero más allá de esto, lo que Alexander descubrió es que un mal uso de los músculos del cuerpo durante toda una vida (causado, por ejemplo, por estar demasiado tiempo sentado y andar poco) puede hacer que todo el sistema vaya mal. Como consecuencia, el cerebro recibe informes de que “todo es correcto” (o los interpreta como correctos) cuando en realidad todo está muy mal. Por ejemplo, una persona puede sentirse “a gusto” derrumbada delante del televisor, cuando de hecho está maltratando toscamente su cuerpo. Puedo mostrarles sólo unos pocos ejemplos pero a todos ustedes les serán familiares:

(Imágenes del libro de W. Barlow, The Alexander Principle.)

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Hundimiento típico al estar sentado.

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Tres maneras de estar sentado: (a) hundido; (b) demasiado estirado; y (c) en equilibrio.

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Es todavía una incógnita en qué punto concreto de este complejo mecanismo el proceso de comprobación deja de funcionar bien bajo la influencia de un persistente mal uso. Pero un etólogo moderno se inclina, como Alexander y Barlow, porculpar de este mal uso a las causas fenotípicas más que a las causas genéticas. Es muy improbable que en su larga historia evolutiva de caminar erguidos los homínidos no hayan tenido tiempo de desarrollar los mecanismos correctos para la locomoción bípeda. Esta conclusión tiene el apoyo del sorprendente pero indudable hecho de que, incluso después de cuarenta o cincuenta años de obvio mal uso,el cuerpo puede (podría decirse) saltar hacia atrás hacia un uso adecuado, y en muchos aspectos más sano, como resultado de una corta serie de sesiones de media hora.

Postura y movimiento correctos son obviamente comportamientos genéticamente antiguos y resistentes al ambiente. El mal uso, con todas sus consecuencias psicosomáticas o, mejor dicho, somaticopsíquicas, debe, por lo tanto, ser consideradoun resultado de las condiciones de vida modernas, de una tensión culturalmente determinada. Podría añadir aquí que no estoy pensando solamente en estar demasiado tiempo sentado, sino también en la posición encogida que uno adopta cuando siente que no está a la altura de su trabajo, cuando uno se siente inseguro.

En segundo lugar, no debiera sorprender que una simple y suave manipulación de los músculos del cuerpo pueda tener tan profundos efectos tanto en la mente como en el cuerpo. Cuanto más se descubre acerca de las enfermedades psicosomáticas, y en general acerca del extraordinariamente complejo tráfico bidireccional entre el cerebro y el resto del cuerpo, tanto más obvio resulta que una distinción demasiado rígida entre mente y cuerpo sólo tiene una utilidad limitada para la ciencia médica; de hecho, puede ser un obstáculo para su avance.

El tercer aspecto biológicamente interesante de la terapia Alexander es que cada sesión demuestra claramente que los innumerables músculos del cuerpo están continuamente operando como una red intrincadamente conectada. Siempre que se hace una suave presión para hacer un ligero cambio en la postura, los músculos del cuello reaccionan inmediatamente. Y a la inversa, cuando el terapeuta ayuda a aflojar los músculos del cuello, es asombroso ver movimientos francamente marcados, por ejemplo, en los dedos de los pies, incluso cuando uno está tumbado en una camilla.

En este breve esbozo no puedo más que describir y recomendar el tratamiento Alexander como una forma de rehabilitaciónextraordinariamente sofisticada, o más bien una forma de reorganizar todo el equipo muscular y, a través de éste, muchos otros órganos. Comparados con esto, muchos tipos de fisioterapia que son corrientes en la actualidad parecen sorprendentemente toscos y limitados en sus efectos y, a veces, incluso perjudiciales para el resto del cuerpo.

¿Qué se desprende entonces de estas pocas y breves observaciones sobre el autismo en la primera infancia y sobre el tratamiento Alexander? ¿Qué tienen estos dos ejemplos en común? En primer lugar, enfatizan la importancia para la ciencia médica de observar sin prejuicios, de “mirar y preguntarse”. Este método científico básico es todavía menospreciado con demasiada frecuencia por aquellos a quienes ciega la fascinación por los aparatos, el prestigio de las pruebas analíticas y la tentación de recurrir a los medicamentos. Pero es utilizando este viejo método de observación que tanto el autismo como el mal uso general del cuerpo pueden ser vistos bajo una nueva luz; ambos podrían muy bien deberse a las modernas condiciones de vida estresantes en una medida mucho mayor de lo que ahora podemos apreciar.

Pero más allá de esto, me parece que mis dos incursiones en el campo de la investigación médica tienen implicaciones mucho más amplias. La ciencia y la práctica médicas se encuentran con un creciente sentimiento de desasosiego y de falta de confianza por parte del público en general. Las causas de ello son complejas, pero la situación podría mejorar al menos en un aspecto: una actitud un poco más abierta, un poco más de colaboración con otras ciencias biológicas y un poco más de atención al cuerpo como un todo, a la unidad de cuerpo y mente, podrían enriquecer sustancialmente el campo de la investigación médica. Apelo, por consiguiente, a nuestros colegas médicos para que reconozcan que el estudio de animales –en particular, la “simple” observación– puede hacer aportaciones útiles a la biología humana, no sólo en el campo del mal funcionamiento somático, sino también en el de los desórdenes del comportamiento, y puede en última instancia ayudarnos a entender lo que la tensión psicosocial nos provoca. Es la tensión en su sentido más amplio, el de la inadecuación de nuestra capacidad para ajustarnos, lo que va a convertirse, quizás, en la influencia perjudicial más importante en nuestra sociedad.

Si hoy he puesto énfasis en la aplicabilidad de la investigación del comportamiento animal, no quiero ser malentendido. Como en todas las ciencias, las aplicaciones vienen tras la investigación motivada por pura curiosidad intelectual. Lo que esta ocasión me permite subrayar es que la investigación del comportamiento animal biológicamente orientada, que hasta ahora se ha venido realizando con presupuestos muy modestos, merece apoyo, cualquiera que sea la motivación y cualesquiera que sean los objetivos últimos del investigador. Y nosotros, etólogos, debemos estar preparados para responder al desafío si se presenta.

(© de la traducción, 2005 Eduardo Tilve)